1977 set - Gal. Citroen Paraguay - La Casa de Jorge Páez Vilaró - Restaurant & Art Gallery

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1977 set - Gal. Citroen Paraguay

Jorge Paez Vilaro > Su pintura



JORGE PAEZ VILARO
TIEMPO PARAGUAYO

CON LOS AUSPICIOS DE LA
EMBAJADA DEL PARAGUAY
EN LA REPUBLICA ORIENTAL DEL
URUGUAY Y DE LA EMBAJADA
DEL URUGUAY EN LA REPUBLICA
DEL PARAGUAY

ORGANIZA: YSANNE GAYET
GALERIA CITROEN.
ASUNCION SETIEMBRE 1977.

TRES ADVERTENCIAS ANTE LAS OBRAS DE JORGE PAEZ
I. — EL HUMANISTA EN LA CALLE
El pintor trasciende humanidad, no se trata solo de que nada humano le sea ajeno sino que todo lo que es del hombre le compromete. Dibujante, pintor, escultor, ceramista, conferencista, su ansia de lo humano busca todos los caminos para afirmarse y un día se encuentra sumergido en una multitud que no esperaba, que le sorprende y le cautiva.
Entonces se sienta en el borde de la vereda y pinta y grita y vuelve a gritar pintando, y saluda a gentes que no conoce e inventa nombres que no existen y narra viejas historias de piringundines, boliches y carnavales y así van naciendo frutos de ese delirio cotidiano que es la coexistencia de las masas, sus "estampones" duros, enérgicos y a la vez suaves y dulces como palabra de amigo, como sueño de mujer.
II. — LA GENTE EN LA PARED
Usted iba por la calle con su lujuria y su problema, con su desasosiego y su proyecto, con su esperanza y su lágrima. Jorge le vio, se prendió de su galerita o de su sobretodo de su paso nervioso y su corbata manchada de café...
Y allí quedo Juan Huasipongo, Pedro Pachikiernes, Malcoln López, participando de nuestro desastre de la paz, de ese esperpento nuestro de cada día, parado sobre la pared, esperando que alguien le sonría y le comprenda.
III. — FUTURO Y PASADO
¿Qué le van a contar estos dibujos, estos oleos, estas obras? ¿Que vienen a traer a su existencia prodiga y austera, cómoda o áspera?
Una sola lección: desde hoy y a todas horas tenemos que hacer el futuro sin desechar del todo los materiales del pasado. Hay que revolucionar, pero desde el humor y la ternura, pintar los rostros antiguos en superficies nuevas, las figuras cansadas en dimensiones infatigables.
Jorge Páez Vilaró es el maestro y el notario de esta lección y este testimonio; sus estampones, sus cuadros, son las actas y las notas de clave.
Deje sus prejuicios y venga a verlos.

RAUL CHAVARRI
Instituto de Cultura Hispánica.
Madrid, 1976.

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La ultima producción de Jorge Páez Vilaró o mejor diríamos superproducción, por el modo torrencial con el que concreta sus obras, constituye una afirmación del antropocentrismo que va tomando cuerpo en su visión del mundo.
La misma espontaneidad y punzante humor de los que hace gala J.P.V., en su acelerado diario vivir, se traducen en sus dibujos que son una glosa de la sociedad montevideana, los cafetines, los candombes, los rituales familiares, cumpleaños, casamientos y la mitología de grandes hombres, cuyas efigies enmarcan la cultura rioplatense.
Partiendo de algunos elementos, impuestos en el lenguaje de la plástica contemporánea, Páez formula una línea dibujística que se inserta en el contexto nacional. Sale del blanco y negro, que singularizo sus trabajos anteriores y rescata el color, a través de un dibujo muy dinámico que desemboca en la afirmación de una realidad en extremo palpitante, símbolo de un mundo en perpetuo cambio.
El Dibujo como pocas manifestaciones plásticas se presta, a las mil maravillas, para el comentario ágil de lo cotidiano. Su dibujo es de acción. Esa perfecta adaptación del trazo al movimiento, es sin lugar a dudas una de las razones que justifica el auge del dibujo en nuestros días.
Entiende Jorge Páez el fenómeno de la comunicación con el espectador, como un hecho de masas y así lo enfoca. No intenta crear para un contemplador único y exclusivo sino para la multitud. Y con tal fin trabaja en varios sentidos, a escala monumental y en proporción inagotable.
Sus Dibujazos y Retratones, tal como su propio nombre lo indica, son expresiones superlativas del hombre, que puebla los espacios de sus telas, reafirmando su existencia plena.
La serie de las Meninas da una pauta más del arrojo de J.P.V. capaz de lidiar con los pináculos del arte occidental, en la línea del "art-d'apres" y su inventiva para formular una versión uruguaya del tema. En fin, para el empuje irrefrenable de Jorge Páez dibujar, pintar, crear es una forma, la más plena de vivir.

MARIA LUISA TORRENS


MANIFIESTO EN CAMINO
Convocada por una larga corriente de influencias y formulas importadas, envuelta en el canto de la demagogia de sirenas extranjeras, la pintura latinoamericana paga al contado su cuota de desidentificación, apartándose en la generalidad de los ejemplos, de la simple y consecuente posibilidad de reivindicar lo que una tradición secular o la proyección inmediata y diaria, presentan y agrupan, pare la consideración del interprete o creador.
Resulta así postergada la fijación de una imagen que surja y afirme nuestra fisonomía, el vocablo claro, directo y elemental que vincule el hecho plástico a la realidad de nuestra partida de nacimiento, o de lo que somos, en la monografía que nos represente inconfundiblemente ante los demás.
Queda así indefinida, apoyada en banderas de procuras esperantistas, que nos incorporan a un resultado abstracto de común denominador, la actitud filosófica y estética que pueda salvar la castidad esencial de nuestros enraizamientos.
Ungidos por las novedades, naufraga la posibilidad suscitadora, se aletarga la acción de un estilo propio de ser, pensar y sentir, aquel que se define con caligrafías exclusivas e inimitables y que resulta de la entendida ecuación de existencia-localidad, en una narrativa con propiedad y en idioma de pensamientos y palabras acordes.
La autonomía y autoridad frente a la historia, del artista de estas tierras, que bebe su oficio en las fuentes formativas de otros continentes, comienza en el instante en que se le revela la responsabilidad interpretativa y se le afirma la voluntad de rescate de lo que lleva adentro, poniendo su bagaje al servicio de un ideario que le da razón de ser en tiempo y lugar, y a la vez le universaliza.
La plástica latinoamericana necesita de artistas con coraje, sin interrogantes, sin vacilaciones, glosadores de la verdad, que combatan convencidos la celereidad de formulismos facilistas y esterilizantes y que resistan los esquemas estereotipados, como desafiante salida fermentadora para salvar al fin la gesta del contenido y la personalidad.
La consigna no comprende entonces la defensa de la postalería. Estoy hablando de un arte con mayúscula, y no del desboque pintoresquista, de utilería turística, sensiblera, la que se hace pensando en el encomendadero o la que especula y se queda en la lisonjera nota autóctona pare llenar los ojos con su superficie de enredadera, fuera de madre.
Me estoy refiriendo a una expresión con espíritu de empresa, con un comportamiento que de satisfacción al oficio, madurez y talento, ofreciéndoles como salida definitiva, edemas de una autentica internidad espiritual emocional y poética, la luz verde para marcar una conducta y una moral que este activamente adherida al hombre en sus cepas locales.
Este regreso de viaje, que trae las barcas hasta las playas íntimas, cubre la cuota de vacío afectivo en que se instalan los movimientos del arte sin tema y del oscurantismo masivo. Le da al autor posibilidad de funcionar acorde con la sociometría de su circunstancia y le permite prolongar, en la órbita de un mundo que se pasa de velocidad, y borra fronteras, las improntas que mantengan vivo lo exclusivo y lo eternamente entrañable.
Y pienso para el ejemplo, en Pedro Figari, Reverón o Rufino Tamayo.

Me ha tocado como a casi todos los plásticos latinoamericanos de mi generación, pasar por un largo camino de búsquedas y pesquisas, y he bebido en Europa, las fórmulas de una vanguardia a la que me incorpore con los consabidos giros, metamorfósicos, que me alejaron de mis correspondencias de origen, o de la tierna, agresiva o nostálgica llamada de la comarca natal.
Desde hace tiempo, he vuelto a la realidad intemporal, como quien corrige sus poemas juveniles, reeditando con ímpetu mis mejores y vitales ansias, para atender a la cita con los paisajes y las gentes de mi sangre, buscando dar a mi manera, la síntesis, el humor, las voces familiares, asomándome palpitante al secreto provinciano, hecho como la criatura humana, de rigor, querellas y esperanzas,

En mi Montevideo hago el acopio de tangos compadrones, la sonrisa franca del circo playero, los boliches humeantes de tabacos, las cosas grandes y pequeñas de la familia. Esa familia, propia o vecina, que come pasta los domingos, con novios de living, cumpleaños de quince, que festeja bautismos con "padrinos pelados", se casa con ropa alquilada o recibe en el velatorio con grapa y café.
Y hoy mi óptica de humores se cuela por la ventana abierta de la fraterna patria paraguaya, donde planto la raíz de mi mayor afecto, dejando atrás recetas aprendidas, desprendido de plomadas, buscando interrogarme ante el valor conmovedor de su naturaleza ardiente, mágica y soberana, milagro de sobrevivencia sin deterioro.
Difícil pretensión de pintor entonces, la de apresar en apuntes la aproximación al verde-esmeralda de sus plataneros y naranjales, los valles de algodón peinados de trópico, detener en un toque de azul, el retozante serpenteo de sus ríos, marcar el cadencioso andar de sus mujeres con raza. Pido permiso a esas dulces casas de columnas solemnes, al patio de siestas, a los alados techos de tejones minio, a los pájaros canoros, a los novios de la plaza, a las campanas de pueblo que me despiertan, al que toca en el arpa la guaraña amorosa y me hace andar sin ruedas por ese país de ayer, hoy y siempre, para que me ayuden a encontrar la sabia y la rama que descubra su secreto. El que me lleve sereno a la oración del ángelus y bañe de soles y lunas mi rapsodia.

Cuarenta temas apenas, purifican mi espíritu y gratifican ml vida de trotamundos, porque casi, sin darme cuenta he vuelto a sentirme frente a un límpido cielo donde bailan las cometas más propias y canturrean ante tanta sencillez posante, las voces más dulces de la infancia. Y albergo en una copa de mosto, la invitación a otros, para seguir juntos en este saludo al remanso, a la vida y a la naturaleza, que para mí tiene un opus y se llama "Tiempo Paraguayo"...

JORGE PAEZ VILARO - Maldonado, agosto de 1977.

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