1988 Subte Municipal - La Casa de Jorge Páez Vilaró - Restaurant & Art Gallery

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1988 Subte Municipal

Jorge Paez Vilaro > Su pintura

Apuntes para una definición
Raúl Santana Buenos Aires, mayo 1988

Intentar una definición de la obra de Jorge Páez Vilaró, implica ante todo, señalar una constante a lo largo de su trayectoria: la insoslayable necesidad del artista de aludir a un contexto uruguayo, la inventiva o desenfado con que permanentemente elabora variaciones de un imaginario rioplatense. Es esta particularidad la que da a gran parte de sus cuadros, ese carácter de crónica que, sobre todo en los Últimos quince años, ha venido adquiriendo su pintura. Si bien el artista no se ha privado en ningún tramo de su vida de las múltiples apropiaciones del lenguaje actual de la pintura, jamás se inscribió en posturas que no sirvieran para seguir de algún modo, recreando "la canción de su aldea". Lo que de ninguna manera quiere significar que nos hallemos frente a un pintor realista. No se trata en sus obras de capturar escenas o paisajes que se despliegan panorámicamente ante nuestros ojos, sinotle captar impulsos, líneas de fuerza, ráfagas, recorridos y envolturas que, nos implican o unen a esa realidad, en el accionar cotidiano. Se trata de una realidad vivenciada, amada, recordada, sentida y encontrada que, introyectada, será el punto de partida para el otro "relato": el de la pintura. Un relato que nos embarca en un universo de metamorfosis y mutaciones cargado de ternura, humor, ironía y sarcasmo que, de inmediato, nos entrega secretas claves del acontecer rioplatense, abriendo nuevas puertas de lo real.
En sus escenas, los personajes están allí desafiando a la anatomía, parecen incapaces de percibir sus propias circunstancias, relacionados a medias, a veces en un franco pegoteo, otras ocultos o agazapados; la mayoría miran al frente como esperando la foto que los inmortalice. Difícil es saber dónde termina uno y comienza el otro. Con una bien jugada ambigüedad, estas obras parecieran nacidas de un impulso escenográfico permanentemente desbaratado, pues sus actores, poseen nada más que el espacio
ocupado por sus propias materialidades: hasta el aire adquiere aquí la importancia de un signo. Hay de antemano en este universo un horror al vacío, una multiplicidad de perspectivas que abarrota las escenas generando un espacio asfixiante que se desplaza de punta a punta y de arriba a abajo sin privilegiar específicamente nada. Ocurre que jamás se trata de un espacio naturalista. Aquí el espacio no este predeterminado de antemano sino que es el resultado del concreto accionar del pintor. Por eso hay una constante negación al fondo, una planitud que ubica las escenas casi siempre como saliendo de la superficie o incluyendo al espectador.
Y si muchas veces no se trata de escenas tangueras, de sus insoslayables referencias a ese mítico mundo de la nostalgia con sus salones de belle, cafés y boliches que aún perviven marginalmente en el Rio de la Plata, no importa; hay un espíritu de tango que, simbólicamente, impregna todo con solemnidades, cortes y quebradas. Es que sus visiones, más que describir o ilustrar, revelan un mundo de arquetipos. Como en esos paisajes de la memoria en los que la inexistencia de cifras de la realidad, de notas puntuales captadas al modelo, sintetizan el espíritu del paisaje. Quizá esté aquí la clave de que muchas veces sus figuraciones tiendan a lo caricapturesco. Pero esta constelación de signos que invisiblemente propicia nuestro encuentro con una realidad pluridimensional, no surge de bocetos previos, se asienta en la síntesis de abstracción y figuración, en acumulaciones y gestualidades que actúan en el abandonarse del artista a las alternativas que va perfilando la materia. Esta actitud abiertamente "pictórica" hace de la tarea artística una azarosa aventura fundada en el dialogo repentino y cambiante entre el ojo, la mano y la superficie. En este sentido, parafraseando a Jean Dubuffet, hay que incluir la obra de Jorge Páez Vilaró, en aquellas corrientes que el gran francés denominó estéticas "de espaldas al resultado". Se trata de la búsqueda de lo "imponderable", aquello que sin estar previsto, se alcanza como expresión por la mediación del artista entre la razón y la nada. Esta forma de trabajo hace de la tela, no aquel lugar donde se traslada una visión vista, imaginada o pensada, sino el espacio de múltiples cruces, accidentes instantáneos y sinuosos acontecimientos. Ocurre que Jorge Páez Vilaró es un inspirado que, con espontaneidad y solvencia, ha sabido extraer de su propio cuerpo, un universo de integraciones y desintegraciones ¿adónde se celebra o ejerce la ira?
Y si reconocemos al mundo con sus luces y sombras, sin desdoblamientos, es porque aquí visión y procedimiento, no aparecen como dos momentos de la creación sino indisolublemente fundidos en esta materia sometida a los mismos climas, a las mismas desfiguraciones y avatares que lo representado.

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RETROSPECTIVA 88
La exposición presente se compagina históricamente con mi Última retrospectiva realizada en este mismo Salón Municipal, oportunidad en la que mostré los ejemplos de una producción sin pausas que comenzó a tener carácter exhibible en 1952.
Para esta nueva instancia, ante la falta de un mayor espacio, me propuse tomar solamente lo que corresponde a mi periodo de encuentro con la imagen, la anécdota y la crónica, en una actitud que por su resultado conceptual y estético denomine como mi "expresionismo otro".
Las ocurrencias están encerradas en un ciclo que para el currículum se pauta entre 1966 y la fecha de hoy.
No están por lo tanto en el SUBTE las obras primeras de taller, plasmadas hace 40 años, siempre útiles para referenciar la fidelidad de toda una pesquisa posterior. Tampoco se catalogan los productos de mi pasaje por el informalismo, la etapa de signos y materias o mi encuentro europeo con el movimiento COBRA, que fue el trampolín para la reconquista de un lenguaje figurativo en el que la visión, el color, el humor y el circo humano volvían a ejercer su poder sobre la tela. Fue obviada también la serie de los grandes dibujos (algunos tienen 7 mts. de largo) que merecieron premios en las Bienales de San Pablo y Rijeka y correspondientes a mi manifiesto "EL DIBUJAZO", leído en la Galería de Enrique Gómez, de Montevideo, el día 29 de noviembre de 1955 (exposición "Dibujos de Invierno").
Al retomar mi discurso pictórico que se vincula a la filosofía figariana, en cuanto a la representación icónica de la vida ciudadana, casi toda mi obra de ese periplo por la anécdota, pone en primer plano de la novela doméstica, al hombre y su circunstancia habitual.
Retratos a mi manera, boliches, casamientos, billares, el mundo cursi o el tanguero, van contando sus letras con un guión espiritual que tiene presente los valores más simples del carácter y tono dentro de una comunidad afectiva con genética de barrio, que conforma la salud de mi educación.
Es algo así como "la película en episodios que dan en el biógrafo de al lado, donde hay matinés, vermouth y noche, y toca Felisberto Hernández, un Santo genial de mi devoción, que habita sin desalojos en todo lo que hago..."
Los espacios poblados de gentes y rostros, de toda esa serie de episodios horneados entre la nostalgia y lo nuevo de cada jornada, homenajes diarios para seguir alimentando el dinamo, han sido aplacados en estos dos últimos años. Una actitud apaciguadora y más ecológica, me llevó de golpe como a los impresionistas a salir a tomar aire.
De una crónica apresada entre techos, paredes y referencias físicas de inmediatez, pase también a abrir ventanas al paisaje, con un planteo que reivindica los horizontes de la naturaleza y oxigena la retina, cuyos símbolos no son consecuencia respetuosa del artista sentado en el camino, sino que representan todo aquello memorizado, la emoción subconsciente, lo bueno que se trae en la maleta luego de la excursión.
Colgar más de cien telas, que son frutos testimoniales de apenas una parte del apasionado recorrido, es todo un acto de repaso, balance y fe; darse el gusto a edad madura de sacar a pasear las ideas y contar a los demás todo lo que se ha tratado de salvar en el vaivén cósmico de la siembra y la cosecha. Asumo en este evento cumpleañero la franqueza de manifestar, cuando se juntan tantos días y noches robadas a los apremios humanos, que me ha quedado claro que la carrera es dura, poco regada de apoyo, y solo sobreviven en la porfía con el destino, aquellos artistas que no son ellos mismos "naturalezas muertas". Los inventores de una nueva realidad, los que tienen cosas para decir sin la fotocopiadora.
Esta retrospectiva parcial está pautada por la conciencia de que ya estoy empezando a correr contra reloj, sin traicionar mi religioso sentimiento de americanidad, que se nutre y consolida en el pequeño país cuna, asumido puntualmente y con fervor.
El hecho artístico respeta las reglas del hacer pictórico bien avenidas con mis permanentes búsquedas, y da cuenta con franqueza de la espontaneidad del coloquio artista-obra, que permite sin dudas ni plomadas tradicionales, que todo se conjugue a la vez, como el pensamiento gritado, con el dibujo incluido en el color, emancipado de compromisos, haciendo una pintura sin jaulas, con una gota de "Joie de Vivre" en la paleta y la libertad total.

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