1989 ene - Cuartel Dragones - La Casa de Jorge Páez Vilaró - Restaurant & Art Gallery

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1989 ene - Cuartel Dragones

Jorge Paez Vilaro > Su pintura

Intentar una definición de la obra de Jorge Páez Vilaró, implica ante todo, señalar una constante a lo largo de su trayectoria: la insoslayable necesidad del artista de aludir a un contexto uruguayo, la inventiva o desenfado con que permanentemente elabora variaciones de un imaginario rioplatense. Es esta particularidad la que da a gran parte de sus cuadros, ese carácter de crónica que, sobre todo en los últimos quince años, ha venido adquiriendo su pintura. Si bien el artista no se ha privado en ningún tramo de su vida de las múltiples apropiaciones del lenguaje actual de la pintura, jamás se inscribió en posturas que no sirvieran para seguir de algún modo, recreando "la canción de su aldea". Lo que de ninguna manera quiere significar que nos hallemos frente a un pintor realista. No se trata en sus obras de capturar escenas o paisajes que se despliegan panorámicamente ante nuestros ojos, sino de captar impulsos, líneas de fuerza, ráfagas, recorridos y envolturas que, nos implican o unen a esa realidad, en el accionar cotidiano. Se trata de una realidad vivenciada, amada, recordada, sentida y encontrada que introyectada, será el punto de partida para el otro "relato": el de la pintura.
Un relato que nos embarca en un universo de metamorfosis y mutaciones cargado de ternura, humor, ironía y sarcasmo que, de inmediato, nos entrega secretas claves del acontecer rioplatense, abriendo nuevas puertas de lo real.
En sus escenas, los personajes están allí desafiando a la anatomía, parecen incapaces de percibir sus propias circunstancias, relacionados a medias, a veces en un franco pegoteo, otras ocultos o agazapados, la mayoría miran al frente como esperando la foto que los inmortalice.
Difícil es saber dónde termina uno y comienza el otro. Con una bien jugada ambigüedad, estas obras parecieran nacidas de un impulso escenográfico permanentemente desbaratado, pues sus actores, poseen nada mas que el espacio ocupado por sus propias materialidades: hasta el aire adquiere aquí la importancia de un signo.
Hay de antemano en este universo un horror al vacío, una multiplicidad de perspectivas que abarrota las escenas generando un espacio asfixiante que se desplaza de punta a punta y de arriba a abajo sin privilegiar específicamente nada. Ocurre que jamás se trata de un espacio naturalista. Aquí el espacio no está predeterminado de antemano sino que es resultado del concreto accionar del pintor. Por eso hay una constante negación al fondo, una planitud que ubica las escenas casi siempre como saliendo de la superficie o incluyendo al espectador.
Y si reconocemos al mundo con sus luces y sombras, sin desdoblamientos, es porque aquí visión y procedimiento, no aparecen como dos momentos de la creación sino indisolublemente fundidos en esa materia sometida a los mismos climas, a las mismas desfiguraciones y avatares que lo representado.

Raul Santana
Buenos Aires, octubre 1988


 
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