1997 Aventureros - La Casa de Jorge Páez Vilaró - Restaurant & Art Gallery

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1997 Aventureros

Jorge Paez Vilaro > Su pintura

Pórtico
Ante todo o antes que nada, creo necesario explicar cómo es que se ha producido este encuentro o simbiosis cultural, entre la pintura de Jorge Páez Vilaró y mi propio trabajo de investigador e historiógrafo, más allá, o más acá, de la amistad que nos une, desde hace ya largos años, bastantes, como corresponde a quienes ya pasamos con largueza aquella mitad del camino de la vida que dijera el gran toscano.
En primer lugar, se trataba de hacer algo natural en ambos: de su parte, pintar, o por mejor precisar, hacer retratos, con su característica fuerza y humor, que ambos llamamos "caricaptural", en su poder de captar, sintetizar y subrayar perfiles, y de la mía, escribir historia, o por aclarar también mejor, en el caso, relatos biográficos, coloquialmente. Y hacerlo en una particularísima oportunidad, al momento de llegar a los quinientos arios del descubrimiento de América, o como algunos prefieren decir, del encuentro de los dos mundos o ambas culturas, aunque, buenos es aclararlo, aquí y ahora, el tal encuentro fue flechado, pues la iniciativa fue de allá para acá.
Y agrego, acontecimiento dignísimo de ser conmemorado y, más que por nadie, por nosotros los americanos. Puesto que fue la mayor transformación de culturas, que sí, de hecho dio inicio a la conquista, dio también comienzo a la creación de una cultura nueva: la nuestra, al cambiar los paquetes culturales de conquistadores-colonizadores y aborígenes-conquistados, y porque, simultáneamente, cambió los parámetros de la cultura europea, en todas sus expresiones, ante el asombro del encuentro de aquel nuevo mundo, que en verdad para ellos lo era -en sus desmesuras de naturaleza, sus gentes y las culturas de estos pueblos. Tanto, que aquella Europa que apenas salta del medioevo e ingresaba al renacimiento, con todo el espíritu crítico-científico que este conllevaba y el reencuentro con las formas "clásicas", greco-latinas, recibe este revolucionario impacto y da, casi sin solución de continuidad, nacimiento al barroco, que es ni más ni menos que la consecuencia del impacto de esa desmesurada e hiperbólica naturaleza - en todos sus aspectos, inclusive el humano (con la idealidad del vivir natural al modo tribal) - el "golpe" que el macrocosmos de aquí produjo en el microcosmos de allá. De modo que si el renacimiento es la razón y la reflexión, el barroco es la pasión y la indagación. Uno la certeza, el otro la curiosidad y la duda.
Personalmente no me caben dudas, y así lo he manifestado por escrito y verbalmente hartas veces, que el real y verdadero comienzo de la edad moderna es este tremendo acontecimiento de la llegada de Colón a América - aunque él no supiera o no quisiera saber que era un nuevo orbe aquel -, y todas sus espectaculares y más o menos inmediatas consecuencias en materia de viajes y conquistas a que pronto me referiré. Y esto a despecho de que muy bien sabemos que aquella famosa calda de Bizancio en poder de los Turcos o del Imperio Otomano, fue, si no el único, uno de los factores desencadenantes de aquel ciclo o edad de los viajes y descubrimientos náuticos - a que también he de hacer pronta referencia, del cual la hazaña colombina fue un hito culminante y no un episodio aislado o casual.
Y con esto basta ya de justificativos, que no los necesita esta conmemoración lógicamente ecuménica.
En segundo lugar, esta alianza o unión de esfuerzos de Jorge Páez y míos tiene un grande, un importante radical común. Un fuerte cimiento único, que amalgama, el lenguaje de ambos, aparentemente tan diverso, descontraído uno, formal el otro: el amor.
Aclaro. Quien labora en la plástica lo hace con y por amor, si, además, en ese quehacer pone una brillante cuota de humor, ciertamente estos cuadros suyos se disfrutan con una sonrisa -está brindando con ello otra muestra - y de las mayores - de amor humano. Que eso es el verdadero y sano humorismo, que brinda felicidad a los demás.
De mi lado, no otra cosa que tarea que sólo puede concebirse como un acto de amor, es dedicar mucho tiempo de la vida, lo mayor de él, al estudio, a la investigación, a la búsqueda del pasado histórico y a escribir, morosamente, que significa por igual amorosamente, los resultados de aquellos estudios.
Y con esto también basta, para que todos entiendan por qué nos unimos afectuosamente en ésta, quizás no demasiado grande empresa de conmemoración, ilustración y homenaje de ambos, en tan magna fecha, ocasión o tiempo.
Dígase ahora, a modo del verdadero prólogo de los textos que acompañarán a los cuadros de Jorge, que eso es en definitiva lo que me corresponde hacer, que el descubrimiento colombino fue una consecuencia natural, o casi, no sólo, o más que, del indudable genio náutico y la tozudez, también genial, de aquel, al parecer genovés, ciertamente extranjero al servicio de Castilla (o por mejor decir de la España unida bajo Isabel y Fernando), una consecuencia, repito, del tiempo histórico, de aquel ciclo de los viajes atlánticos, que en ese siglo XV, sobre todo en su segunda mitad, se vivía en el occidente europeo, más particularmente en la Península Ibérica que, como la cabeza acarnerada que era del ariete de Europa, había entrado a hendir (y develar) las hasta entonces casi incógnitas aguas del Mar Océano (el Atlántico). Y en esa gesta náutica, hay que decirlo ya, reconocerlo y rendirle a la vez el condigno homenaje, la iniciativa mayor y mejor - justamente hasta el primer viaje de Colón hacia occidente en busca de la Indias del oriente - la tuvo Portugal, que era la frente o testuz de la tal cabeza del ariete, por seguir con el símil. Y que, exacerbado aún, ese estado espiritual, cultural y material, del ciclo de los viajes náuticos, consecuentes descubrimientos y subsecuentes conquistas y colonizaciones, siguió, después del descubrimiento de Colón. Reincentivada la carrera por la supremacía en tales viajes y descubrimientos, entre los hermanos y vecinos de la Iberia: España y Portugal, siguió todo a lo largo del siglo siguiente (el XVI), con hitos tan notables - había dicho que los loa a mencionar y cumplo, como el pasaje del cabo de las Tormentas o de la Buena Esperanza (como se llamó antes y después de doblarlo) por Bartolomeu Dias; la ruta de la India, por Vasco da Gama; el descubrimiento del Brasil por Mares Cabral; el del sur de nuestra América y del propio Atlántico por Vespucio; el del Mar del Sur (Océano Pacífico) por Vasco Núñez de Balboa; la interconexión, estrecho o pasaje interoceánico, y la vuelta al mundo (la mayor hazaña náutica de la historia), por Magallanes, culminada por Elcano; el descubrimiento y conquista de Tenochtitlán (Méjico) por Cortés, y el de Tahuantinsuyo (Perú) por Pizarro, y una larga serie de otros no menos grandes etcéteras, que constituyen una imponente gesta como nunca antes nadie realizara, ni Alejandro Magno, ni los cesares y las legiones de Roma, ni las huestes del Gran Khan, ni el imperio musulmán.
Y a esta gesta en su conjunto, por lo que tuvo de positivo que fue mucho, o por mejor expresar, a sus grandes protagonistas, humanos héroes, en acción y vida plenas de luces y sombras, de grandezas y de mezquindades, de amor y de brutalidad, de espíritu místico y de materialidad descarnada, de, en definitiva, venturas y desventuras (que todos sin excepción fueron venturosos y desventurados por igual), de estos formidables aventureros, que fue lo que, ante todo, todos fueron, dedicamos este trabajo nuestro, ambos autores, pintor y escritor.

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