1999 enero - La Casa de Jorge Páez Vilaró - Restaurant & Art Gallery

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1999 enero

Jorge Paez Vilaro > Su pintura

De cafetines y bailongos
La mítica orillera del tango, su itinerario de venturas y desventuras, ha sido retratada de muy diferentes, a veces antagónicas, maneras. Para Jorge Luis Borges, por ejemplo, implica un
escenario irremediablemente trágico y, sin pretenderlo, contenidamente operístico. La música despliega atributos omnipotentes, rigiendo toda peripecia de protagonistas y agonistas, casi siempre errantes y desasidos. "El tango hacía su voluntá con nosotros y nos arriaba y nos perdía y nos ordenaba y nos volvía a encontrar", desgrana en sus confidencias el personaje principal de "El hombre de la esquina rosada", cuento magistral. Sobre ese escenario se levantan las escenografías propiciatorias de bailongos, cafetines y calles ocultadoras de secretos, donde tendrán cumplimiento definitivo destinos acosados, sometidos como en las epopeyas homéricas a las veleidades impredecibles de dioses vengativos; para peor, en este caso, dioses incorpóreos, tan arbitrarios como el azar y el coraje, tan irracionales como una hombría reiteradamente puesta a prueba o una pasión ingobernable, tan implacables como para exigir constantes confrontaciones con la muerte. Paicas y malevos, percantas y vacanes, transitan los escenarios borgeanos con una singular dignidad ante miserias materiales y espirituales. Y lo que es aún más sorprendente, con una cierta fineza para resistir las inclemencias del suburbio.
Otra vertiente, la sostenida por la poesía lunfarda, presenta un mundo decididamente cercano al sainete. En general, menos dramático y de escenarios más pequeños, más cotidianamente cercanos, irreverentes y "confianzudos". En esos tablados de dimensiones inmediatas, la ironía florece gozosamente, la caricatura de tipos y costumbres afila sus estiletes. En "La vida del farrista" poema anónimo recogido por el especialista Eduardo Stillman se muestra la escena de un bailongo, se revisa implacablemente el variado muestrario de presuntos farristas. "Toca un tango el musicante, / salen las paicas inquietas, / con el macho hacen piruetas / hacia atrás y hacia adelante; / el que es mismo está vacante / y es constante franelero / que hace con un compañero / tras uno ú otro comentario / sobre este o aquel otario / que hace algún corte fulero". Y más adelante:' "Los queridos son cabrones /y palmantes sempiternos, /como tienen grandes cuernos / son pesados y matones; / abundan más los garrones, /piroban de ojo a la mina, / al vacán le baten ruina, ella entonces se cabrea /y él chamuya y se babea /porque le teme a la esquina". Inesperadamente, entrelineas, se percibe un curioso y levísimo aire de casi involuntaria compasión: "De allí salen en patota, /hablan, ríen de contento, /siempre el mismo pensamiento /es el que en sus mentes flota; / `Que me da corte se nota', /dice uno; `Aura me convenzo de que con esta me trenzo / cuando con el macho rompa; / anoche bailé de trompa /pa que broncase el vichenzo". En toda la poética lunfarda la pendularidad entre el apunte burlón, duramente incisivo, y la emergencia de una piedad asombrosamente parecida a la ternura, es constante. Como si aquello que se subraya en otros, ocasionalmente se enjuicia, pudiera ser un espejo deformante de lo que cualquiera puede llegar a ser. Entonces, reparadoramente surge el bálsamo inevitable de la indulgencia. En las series que pinta Jorge Páez Vilaró se perciben las fragancias de estos dos contextos. Aparentemente, están más cerca del apunte poético lunfardo. No sólo por el tratamiento de rostros y cuerpos, no sólo por la rítmica estructuración de las imágenes, esencialmente porque en cada una de ellas alternan en perfecto entramado el hilo cortante de la ironía y la suavísima fibra de la apaciguadora indulgencia. Pero al mismo tiempo, casi como napas subterráneas dentro de la expresión alcanzada por cada tela, brota una cierta epicidad a lo Borges, un levísimo destino trágico apenas insinuado en una distorsión corporal, en una mirada, en un gesto displicente de alguna mano. Y también, por encima de un humor socarrón, de una caricaturización opulenta y desenfadada, la curiosa fineza ostentada por los protagonistas de la narrativa borgiana. En "La jugada difícil", pintura conmovedora y notable, lo que se dilucida es bastante más que una ardua jugada de billar; de hecho, todo parece insinuar que el jugador se empeña en una apuesta donde se involucra su propio destino. Ese jugador, al igual que el secreto ejecutor de "El hombre de la esquina rosada", asumen sin pensar los inesperados desafíos, las inevitables "jugadas difíciles". En otras obras, en los "amasijos" de los bailongos, la suave sensualidad que aprisiona y demora a las parejas, se siente traspasada por una brisa cargada de incertidumbre, de desasosiego. Sin embargo, nadie deja de bailar. Con entereza, con nada pretenciosa dignidad, sobrellevan las irrenunciables pasiones que los lastran en los pesos profanos de sus cuerpos. Carlos Gardel, vacan mayor, héroe absoluto, iluminando desde inmensas sonrisas, dientes blanquísimos y gigantescos, las oscuridades de su nacimiento y de su muerte.
Esta impecable convergencia de sainete y mesurado melodrama, de lunfardesca burlona y épica mayor, es posible gracias al talento creativo de Jorge Páez Vilaró, a su sutileza para equilibrar acentos, insinuar y aludir, por encima de lo que parece explícito y evidente. Pero sobre todo, gracias a un generoso, incomparable despliegue del ejercicio pictórico. La maestría para el tono que domina en cada región de la tela, para el matiz, prodigándose en tonos terrosos levemente purpúreos, o en sedosidades azuladas o violáceas. El trayecto de la pincelada, marcando áreas, definiendo un cálido dibujo, organizando compositivamente toda la obra. Y en esa organización compositiva la presencia de un ritmo casi perseguidor. Como si en cada pintura se sintiera latir el golpe inconfundible de Osvaldo Pugliese. La comparación con ese genial maestro no es gratuita, no es un intento ocurrente de establecer poéticos parentescos. No, ambos, de distinta manera, con más vecindades que distancias supieron conjugar temperamento, intensidad pasional, lucidez crítica, tributo, refinamiento, fuerza. Todo eso, sometido al tamiz de una experiente y entibiadora ternura.

Alfredo Torres


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