2012 jun - Museo Zorrilla - La Casa de Jorge Páez Vilaró - Restaurant & Art Gallery

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2012 jun - Museo Zorrilla

Jorge Paez Vilaro > Su pintura

El hombre múltiple
Por JORGE ABBONDANZA
JORGE PAEZ (1922-1994) fue una de las presencias dominantes en la pintura uruguaya de un periodo particularmente caudaloso en la materia, aunque hizo algunas otras cosas. Igual que ciertos contemporáneos como Vicente Martin y Oscar García Reino, se caracterizó no solo por el sello inconfundible de su obra sino por su producción torrencial y una actividad incesante que han quedado estampadas en su kilometraje curricular, una vastedad en la que competían las notabilidades plásticas de la época. Tan expansivo en su vida como en su trabajo, Jorge permite establecer un claro paralelo entre esos dos ámbitos, demostrando a que extremo su carácter se reflejó en una pintura que lo desdoblaba.
En lo que fue la etapa culminante de su trayectoria, que lo mostró en pleno control de sus recursos expresivos y en la soltura más perdurable de su lenguaje, fue abandonando el impacto bastante dramático de su informalismo y la huella que ahí dejo el Grupo Cobra, para volver al mundo visible y embarcarse en una vertiente mucho más cordial, de seducción instantánea y paleta de un cromatismo radiante, donde retomó (en forma definitiva) la presencia de la figura humana y del paisaje urbano como herramientas medulares, a partir de las cuales desplego una modalidad ilustrativa radicada en las series del tango, los bodegones, las playas o los retratos de individuos famosos, resueltos can mano muy libre, donde las energías de trazo, el espesor de la materia y las manchas de color volcaron abundantes estímulos visuales, que allí persisten como constancia de unos estados de ánimo favorables y una reconciliación con la realidad.
Esa etapa, que coincidió con la madurez de su vida, lo identifica en más de un sentido como puede hacerlo una caligrafía reveladora, porque allí se traslucen su naturaleza comunicativa, su espíritu burlón y su entusiasmo laboral, igual que en una rúbrica. Las siluetas voluminosas con que pobló sus cafetines, los rostros que asoman desbordándose en un primer plano, la pincelada negra que bordea cada forma y el recortado contorno del paisaje, delatan al hombre de opiniones certeras, autoridad risueña, personalidad invasora, temple bien fogueado y humor pegadizo, rasgos que en algunos casos suelen afianzarse cuando se ha vivido lo suficiente para saber lo que se hace, controlar lo que se dice y disfrutar lo que se ve. Por eso no hace falta recurrir al estupendo autorretrato que figura en esta muestra, para reconocer el semblante del artista.
Pero el reencuentro con la pintura de Jorge Páez también debe servir para evocarlo de cuerpo entero, revestido de todas las actividades que enriquecieron su presencia en este medio. Porque el artista fue uno de esos agentes múltiples de la cultura, que a través de los años figuró a la cabeza de un espacio de arte (la Galería Windsor), fue un importante coleccionista de piezas precolombinas y coloniales, presidió la Comisión Nacional de Bellas Artes y creó el Museo de Arte Americano de Maldonado, donde programó intensas temporadas, actuando asimismo como coordinador y comisario en certámenes y envíos al exterior, al margen de su dedicación al oficio publicitario (en el Consorcio Americano), que también lo mantuvo ocupado en medio de ese ajetreo profesional. Así dejó constancia de cómo puede operar un hombre-orquesta, porque es esa facetada personalidad, y no sólo el perfil del pintor, lo que se refleja en estas obras que lo mantienen vivo.

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