El Artista Otro - La Casa de Jorge Páez Vilaró - Restaurant & Art Gallery

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Páez Vilaró > Notas de Prensa
Hacer una reseña de Jorge Páez Vilaró implica necesariamente un recorrido desde un pasado no muy lejano hasta el presente. Intentaremos encontrar las calificaciones correspondientes a estos espacios de tiempo a medida que vayamos deshilvanando la historia. Situaremos los orígenes de un acontecimiento particular que afecto a todas las artes plásticas y visuales en medio de la Primera Guerra Mundial, cuando un grupo de artistas, utilizando todos los lenguajes inherentes a la expresión artística, inaugura un tipo de arte que no pretendía ser complaciente, sino todo lo contrario: iba directamente a la provocación y al escándalo, sin olvidar los necesarios contenidos artísticos que debe tener, precisamente, para ser considerado arte. Este movimiento (por una especie de ingenua o "casual" nomenclatura) se llama movimiento Dada.
Los dadaístas, llamados a ser los inadaptados sociales en nombre de un arte que reclamaba sus orígenes en el cubismo pero que supo innovar en el collage y el fotomontaje, y, consecuentemente, en la pintura, influyeron en toda la vanguardia moderna de la primera y de la segunda posguerra.
La Alemania nazi fue un verdadero verdugo para el arte moderno —los dadaístas en primera fila— y desato una feroz persecución contra todo lo que tenía relación con él, bautizándolo "arte degenerado", y confiscaban impunemente las obras de arte en cuanto Pals avasallaban. El arte moderno sale a la vida adulta con el estigma de un lenguaje que no convenía a los dictadores y a su sequito obsecuente.
Veinte años después de la segunda posguerra, en la década de 1960, se produjo una significativa y posiblemente virulenta —en el mejor sentido de la palabra— eclosión de formas artísticas en Uruguay, que hasta la fecha no ha tenido parangón. Este contexto es el que contiene a un artista como Jorge Páez. Solamente desde este contexto es posible comprenderlo, apreciarlo y, obviamente, admirarlo. Fue una época fermental para la creación artística en Uruguay: pintores, escultores, ceramistas, grabadores y dibujantes estaban imbuidos de una especie de fiebre creativa y pugnaban por alcanzar cumbres hasta el momento no holladas por el pie humano. La semilla del Dada se encontraba posiblemente en ellos, a pesar de que seguramente no lo pensaran en forma deliberada.
En este sentido verdaderamente revolucionario para ir al encuentro de la forma estética, sin ideas estéticas preconcebidas ni escolásticas posibles, ni en la búsqueda de condecoraciones o méritos para concursos, es donde se inscribe la obra de Jorge Páez, que surge en medio de una enorme marea creativa que preñó a una generación de artistas. Como en correspondencia con un inconsciente colectivo —o, como suele decirse de forma romántica, un "imaginario colectivo"—, los artistas de esta época estaban en conexión plástica.
Despojado el naturalismo de sus dulzuras académicas, y habiendo estudiado a fondo la deconstrucción picassiana, los artistas como Páez Vilaró fueron cronistas de una nueva época de apogeo de la modernidad en América Latina, a la que le siguió el periodo de decadencia. Tal vez se podría hablar de los últimos estertores de la modernidad, nacida en la "ciudad luz" y desparramada por todo el orbe, desmaterializada por los expresionistas abstractos estadounidenses, que guardan todo el vigor belicista del grupo El Puente, transmutado en puro color en el alambique de la emoción de aquellos corajudos expresionistas alemanes.

Hoy podemos decir —con riesgo de equivocarnos pero con total convicción— que aquel vigor estético-idealista del espíritu humano que tomaba cuerpo en cada obra de la vanguardia moderna se ha transformado en bocanadas de humo genuflexas, proclives a evaluar, antes que nada, "lo que se usa" o lo que hay que hacer para tener rédito pecuniario —o en especies de todo tipo— como primera condición.
Mucho tememos que la pintura de Jorge Páez no se pueda apreciar hoy, en el contexto contemporáneo, con toda la profundidad y la genialidad que este gran artista le confirió. Sobre todo, porque su pintura es compleja y exige un tiempo de apreciación que no va de acuerdo con los apresurados tiempos de la era digital. El tipo de dibujo que Jorge Páez emplea es a la vez síntesis y esbozo, que se remite al relato de personajes reales, conocidos por el artista que los frecuentaba socialmente en bares, cafetines, burdeles y paseos públicos, entre otros.
Cada personaje es portador de una emoción que el artista, finamente, caracteriza. En ellos se busca la limpieza del trazo, la aventura descriptiva de la línea en favor de rescatar una personalidad, un carácter y, sobre todo, sus rasgos esenciales, la profundidad de su ser, lo que lo lleva casi naturalmente, en algunos casos, al límite con la caricatura. Por este motivo, sus prostitutas tienen un rasgo de tristeza junto con un desenfado natural; sus gauchos, que miran a las chinas de reojo, delatan un retrato psicológico y de intenciones del hombre de campo. En Jorge Páez se reconoce la precisión del dibujo en la dirección de la expresión de un carácter; este probablemente sea un rasgo esencial de su pintura. Dejando todo preconcepto, se siente libre de dibujar con la mayor soltura. El resultado es de una frescura inaudita. Como dijimos, hay que dedicar tiempo a la comprensión de su pintura, y esta lectura se funda exclusivamente en elementos plásticos, sin la necesidad de discurso adicional alguno.
Por otra parte, su pintura está construida en general por capas estratificadas, en las que el espacio se resuelve en altura mediante la percepción de un conglomerado de formas tan hábilmente dispuestas que luego de haber ingresado en esta decodificación, la puesta en escena es automática. Se hace muy difícil hacer un análisis para transmitir la obra de este gran artista, sobre todo por aquello de que el arte no se puede explicar. Sin embargo, intentaremos seguir describiéndolo. El sentido del humor está muy presente, como corresponde a un hombre que lo tenía en grado sumo y que lo aplicaba a la vida. En función de esta facultad, muchas composiciones son comprendidas al primer golpe de vista. Después nos percatamos de que esta opción por lo humorístico reviste la más elevada seriedad y que el artista, al presentarnos una situación de esta naturaleza, quiere ser fiel al espíritu objetivo del relato.
Jorge Páez es un cronista de acontecimientos al más elevado nivel plástico, como fue Mariano José de Larra a nivel costumbrista. Si bien tiene obra en muchos grandes museos del mundo, su pintura parece adquirir enorme potencial de actualidad entre las paredes de lo que hoy es un restaurante y galería de arte, propiedad de su hijo, Jorge Páez Algorta. Días pasados, nos reunimos en esta vieja casona de la época de la colonia, en la calle Misiones de los Tapes, en el barrio histórico de Colonia de Sacramento. Los cuadros de su padre, así como temperas y dibujos, y también objetos artísticos como iconos, cofres, etcétera, que provienen del ex Museo de Arte Americano de Maldonado —que su padre fundó a partir de sus innumerables viajes y que fue vendido con la condición de seguir siendo museo— tapizan las paredes de esta sala. Quiere decir que los comensales pueden admirar una espléndida serie de pinturas al tiempo que disfrutan su cena. Los recuerdos sobrevuelan el recinto de paredes de piedra y ladrillo y vigas de madera dura en el entramado del techo. La relación de Jorge Páez padre con su hijo —nos comenta este— fue muy intensa e íntima, hasta el punto de que el pintor le pedía a menudo su opinión sobre alguna obra que estaba haciendo. Su hijo reconoce, por sobre todo, que fue un excelente padre, continuamente preocupado por el bienestar de su familia.
Profundamente observador de la naturaleza humana, solía llamar la atención a su hijo sobre los rostros de algunos personajes de boliches, por ejemplo, resaltando lo grotesco de ellos. En alguna ocasión, Jorge Páez Algorta le dijo: "Viejo, estás haciendo siempre lo mismo, ¿por que no cambias?". Desde ese momento el artista comenzó a incursionar en el paisaje, pero siempre poblado de personas. Sus escenas de playa, por ejemplo, son el producto de aquella decisión. Jorge Páez Algorta presenció muchas instancias en las que su padre daba duro combate con la tela, y en ocasiones dejaba de pintar por ese día. Relata que era muy crítico con su obra, y no dejaba de analizar con crudeza cada pintura, sobre todo en cuanto al color. Su técnica preferida era al acrílico, porque secaba rápido y le permitía hacer correcciones. Tenía mucha obra en tempera y en tinta, así como matérica, al estilo de Agustín Alamán o Juan Ventayol o del propio Antoni Tapies, con arena policromada. En este local se puede apreciar un autorretrato matérico que recuerda el estilo de los primitivos o de los niños.
Jorge Páez hijo contó los comienzos difíciles de su padre, proveniente de una familia de tres hermanos varones. El menor, Carlos, también hizo una reconocida carrera artística: y el mayor, Miguel, con habilidades para el comercio, los ayudó a fundar una agencia de publicidad que proveyó de sustento, en tanto por entonces —como posiblemente hoy en día— se hacía difícil vivir de la pintura.
"Cuando mi padre vendía una pintura tiraba cohetes y lo gastaba en bebida. Así festejábamos todos", cuenta. Entre la aventura de la publicidad y de la vanguardia moderna, la vida del artista transcurrió impregnada de la audacia y la creatividad necesarias para la una y la otra. Sin embargo, sus reconocimientos como artista han sido múltiples y muy importantes. Aparte de una enorme cantidad de exposiciones individuales y colectivas, fue invitado a muchas bienales internacionales (tanto de América como de Europa) y galardonado en muchas ocasiones.
Jorge Páez Vilaró es un pintor autodidacta, al estilo de los vanguardistas europeos. Esto quiere decir que no tiene una formación en talleres de maestranza de cuño renacentista. Se formó en los grupos de artistas, de la misma manera que los cubistas y demás exponentes de las nuevas ideas estéticas. Esta clase de artistas, en búsqueda de lo nuevo, no pueden permitirse adoptar fórmulas canónicas derivadas de los maestros. Se hacen maestros ellos mismos, y esta búsqueda interior se corresponde con sus experiencias compartidas.
Jorge Páez Vilaró tuvo amistad con Picasso y otros artistas modernos, trabajo en el grupo Cobra, que se fundó en los primeros años de la segunda posguerra. En este periodo, absolutamente fermental en las artes y en los movimientos artísticos, artistas como Karel Appel y Pierre Alechinsky, entre otros, crearon una nueva figuración. Después de observar las formas artísticas intuitivas y anti intelectualistas de los niños y de los locos (obviamente también antiacadémicas), estos artistas, que trabajan comunitariamente, incorporan poesía a sus telas, que a menudo realizan colectivamente. El sentimiento de Jorge Páez, en tanto latinoamericano y admirador de las culturas precolombinas y de su arte, es fuertemente canalizado por las nuevas ideas de Cobra y de otros pioneros del arte moderno, quienes iban al encuentro de la libertad absoluta para la plasmación de sus configuraciones plásticas.
Profundamente anclado en la cultura uruguaya y montevideana, Jorge Páez —según comenta su hijo— se sentía en algo un continuador de Pedro Figari, cuya sensibilidad estaba centrada en el rescate costumbrista de los afro descendientes, dando lugar a magníficas composiciones que constituyen un referente del arte nacional y latinoamericano.

Vemos entonces a Jorge Páez en el medio de un torbellino de creación y en permanente contacto con extraordinarios artistas de la vanguardia europea. El contenido de sus obras refleja una visión urbana y latinoamericana, donde incorpora su penetrante mirada socialmente crítica, sensiblemente humana, sarcástica y divertida.
En tiempos en que la pintura pura era un verdadero desafío y en que por ella se definía la propia categoría de pintor, Jorge Páez inauguró una nueva figuración a la que calificó de "Figuración-Otra". En este universo artístico en busca de lo nuevo, la creación de un estilo, de un dibujo y de una forma propia era parte de una batalla por la dignidad del artista. Ser pintor era —por lo menos para la época que estamos comentando y especialmente en el seno de las vanguardias— "llegar a ser uno mismo", incluso si formaba parte de un movimiento; y además era poder controlar todas las influencias incorporadas que debían ser procesadas interiormente y "amasadas" en el caldo de cultivo de la necesidad de expresión en el marco de la autenticidad.
En este marco debemos comprender los procesos "autodidactas" y advertir que además de aprender de los otros, el artista tenía que estar dispuesto a aprender de sí mismo y atento a cada descubrimiento aleatorio en tanto su imaginación proyectaba sus aspiraciones de forma. Este concepto está admirablemente resumido en la paradigmática frase de Pablo Picasso: "Yo no busco, encuentro".
Tal vez hoy no sea fácil comprender este proceso —que además de artístico es ético— porque la pintura pura —del modo como entendemos su gestación— constituye posiblemente un fenómeno en extinción, en tanto el arte de apropiación, el conceptualismo y otras modas influyentes están desplazando y banalizando un proceso estético vital de conquista de un lenguaje que paralelamente se ofrece a la sociedad como fruto de una verdadera batalla hacia la expresión genuina y al momento cultural. Como lo referimos, las muchas instancias en las que Jorge Páez no puede lograr su pintura son momentos de duda que no son para nada desconocidos —al contrario¬ para los artistas de vanguardia; la búsqueda de apoyo en la intuición de su hijo corresponde a la falta de referentes absolutos, lo que define precisamente la posición de la vanguardia como una atrevida incursión en territorios desconocidos.
A los efectos de comprender un poco más en profundidad el pensamiento de este artista, hacemos mención a una publicación denominada "A propósito del Dibujazo: Dibujando con todo... manifiesto personal del 65".
"Esta exposición que hoy inauguramos en la Galería U, Dibujos de invierno, significa, en mi inquieto ambular de buscador, todo un acto de meditación tan privado como transferible, que responde a mis inteligencias e intuiciones referidas al arte que integra mi persona y su problemática de rumbo. Hace diez años en Múnich, Paris y Roma visitaba los talleres de algunos creadores que se integraban a una nueva corriente de rebeldía y de intimidad, el Informal: me refiero a Jean Fautrier, Emil Schumacher, Wols, Ralf Cavael, Alberto Burri, Emilio Vedova, entre otros. Una actitud directa, vital, institucionalizaba la protesta contra los `compromisos mundanos, al decir de Michel Tapie, y el arte pasaba por una instancia de strip tease para quedarse desnudo de anécdotas, despeinándose de academicismos u oraciones consideradas banales, para entrar en un nuevo espacio en cuyos códigos se iban a inscribir actos de libertad, ruptura de la forma, cancelación de la imagen conocida, en la exaltación del signo, lo gestual y la materia; lo que es presentar una criatura estética cuya voz surgiría como un grito de su cuerpo y de su alma" (siguen conside¬raciones extremadamente interesantes, que por falta de espacio, no podemos citar).
Casi una década después, el sociólogo Gilles Lipovetsky escribió La era del vacío, donde advierte sobre las concesiones que el arte en general ha otorgado al abandonar los compromisos estéticos vitales (y también sociales) que artistas como Jorge Páez levantaron como ideal para su plano de creación. Es por este motivo que la pintura pura, tal como el la practicaba, en alguna medida sea ajena en los momentos que corren. No obstante, con cristalina firmeza queda presente su legado y (para los que quieren profundizar en la historia de las formas y de las ideas) también su ejemplo y pensamiento. La obra de Jorge Páez Vilaró se ha grabado con letras indelebles en lo mejor de la historia artística de Uruguay y también de Latinoamérica.
Daniel Tomasini. Artista plástico, poeta y escritor. Licenciado en Artes Plásticas y Visuales. Magister en Educación (UDE). Profesor grado 5 del Instituto Escuela Nacional de Bellas Artes (Udelar).

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